lunes, 26 de agosto de 2013

La verdad sobre el “astronauta de Palenque”


Por Fernando Jiménez del Oso (†)

No es mi intención desilusionar a aquellos que, como yo en otro tiempo, vieron en el astronauta de Palenque la evidencia más clara de que en épocas pasadas fuimos visitados por gentes procedentes del espacio. Tampoco pretendo iniciar una polémica; Kazantzev, Charroux, Dániken y otros, han divulgado ampliamente su tesis -rotunda afirmación, sería más exacto- basada en lo que la lo- sa parece representar, y lo que yo haré en estas páginas es, simplemente, plantear otra hipótesis, otra posible interpretación de ese bajorrelieve, teniendo en cuenta lo que ellos, por desconocimiento, no consideraron en su día: La cultura de la que la tumba forma parte, su religión, su iconografía, su simbolismo… El reproche que puede hacerse a estos autores y a los que en su día divulgamos con ardor esa idea, es haber sacado la losa de su contexto, contemplándola como un objeto aislado.

Muchas visitas a México en estos últimos veinte años y la realización de unos veinticinco documentales sobre su pasado, con el inevitable estudio de la cultura maya, entre otras, para documentar adecuadamente los correspondientes guiones, han modificado radicalmente mi visión del tema. Lo que pretendo, pues, es ofrecer al lector otra versión del célebre “astronauta”, menos romántica, sin duda, pero mucho más verosímil por estar basada no en lo que cada elemento de la losa parece, sino en lo que, de acuerdo con la propia perspectiva maya, es.

El primer elemento a considerar es el propio “vehículo’. Contemplando la losa en sentido vertical, que es como ha de verse de acuerdo a otras representaciones presentes también en Palenque, por encima del personaje hay una estructura que a simple vista puede ser cualquier cosa, pero que adquiere una apaciencia mecánica por tres “tubos” acodados, uno arriba y dos a los lados, que, por si fuera poco, parecen articulados; a esa impresión contribuye también otro ‘tubo” sinuoso, igualmente articulado y con “abrazaderas” distribuidas regularmente, que termina a ambos lados en dos extrañas formas simétricas, de cada una de las cuales surge hacia arriba una prolongación curva. En conjunto parece la sección sagital de la proa de un vehículo, que dejaría una amplia entrada de aire por delante, como en los motores de turbina de cualquier avión actual, Ruego ahora al lector que busque entre las ilustraciones de este artículo la que corresponde a otro bajorrelieve de Palenque, el del Templo de la Cruz: allí están los mismos elementos en una disposición similar; ¿a alguien se le ocurriría comparar ese relieve con vehículo alguno?

El elemento cruz está presente en toda América. Me he encontrado con ella en lugares tan recónditos como Chavín de Huantar, en plenos Andes. Con diferencia de matices, el simbolismo de la cruz es el mismo en cualquier cultura: el árbol de la vida. Hundidas sus raíces en el mundo subterráneo, nutriéndose como el resto de las criaturas. Y, como ellas, supeditado a los instintos, se proyecta hacia arriba. Se aleja hacia el mundo espiritual, identificado siempre con el cielo. Sus dos ramas horizontales, sus brazos, son un límite que, al tiempo de señalar el orto y el ocaso, pues es también símbolo solar, sitúa la cabeza, el espíritu, por encima de la acción (en la proyección del Hombre sobre la cruz, los brazos extendidos de éste coinciden con los de la cruz), en una intención de ascenso. Pueden hacerse cuantas variaciones se quiera sobre ese concepto, añadiendo lo que el árbol tiene de renovación, de vida surgida de la tierra, de manifestación, del poder generador del Sol, etc. En el cristianismo es una representación del hombre realizado. Entre los mayas, sobre todo los de Palenque, es un elemento fundamental utilizado con diversos símbolos accesorios, pero siempre unido a la vida que surge de la semilla tras su estancia en la berra. Espiritualmente es símbolo de vida más allá de la muerte: del cadáver, enterrado como la semilla, nacerá la vida en su sentido más pleno y definitivo. Los cuatro brazos son también los cuatro puntos cardinales, los cuatro hitos en el camino del Sol, representados en su forma más dinámica en la esvástica hindú.

El otro símbolo fundamental en la cosmología americana es la serpiente, que en Mesoamérica alcanzó iconográficamente un nivel casi obsesivo: por todas partes y en mil formas diferentes aparece representada. Es el símbolo por excelencia de la renovación.

Tras su letargo invernal, como un remedo de muerte, vuelve a la vida con el nacimiento del Sol en el equinoccio de primavera, y lo hace dejando atrás su piel, abandonando su vieja envoltura. ¿Qué mejor expresión de la renovación, del renacimiento y, en última instancia, de la reencarnación?

Entre los mayas, como después entre los toltecas o los aztecas, la serpiente elegida es la más mortífera, la de cascabel, como en Egipto o en la India es la cobra. Es posible que su carácter letal se adecue mejor a ese símbolo de vida que surge tras la muerte, pero en la de “cascabel’ se da también la magnífica circunstancia de que cada crótalo de su cola representa una de estas renovaciones. Consecuentemente, la serpiente mesoamericana aparece representada como tal o sintéticamente como crótalos, cascabeles, colmillos, etcétera.

La serpiente bicéfala y el monstruo de la tierra 

Árbol de la vida y serpiente enlazan sin opugnación alguna su mutuo simbolismo. EI ‘tubo” cuatro veces acodado con segmentos y abrazaderas que el “astronauta” tiene delante es una serpiente bicéfala equiparable a la que en la misma disposición se enlaza con la cruz en el relieve del vecino Templo de la Cruz. Cierto que serpiente y cabezas están estilizadas, profusamente adornadas y cargadas de aditamentos simbólicos; ni más ni menos que como el resto de las representaciones religiosas mayas. De las fauces abiertas de cada cabeza emerge a su vez una pequeña cabeza de un ser de larga nariz, probablemente el dios Chac, responsable de la lluvia y, por ende, de la fructificación de la semilla. los apéndices que la serpiente tiene en ambas mandíbulas, mucho más largo el de la superior, son similares a los que tiene inmediatamente por detrás de la cabeza, semejantes, a su vez, a los que adornan al pájaro quetzal que remata por arriba el relieve de la losa y al que el personaje tiene en la cabeza. No es aventurado identificar esas volutas con estilizaciones de plumas, lo que nos llevaría a situar el mito de Quetzalcóatl, la “serpiente emplumada”, en forma incipiente entre los mayas; algo absolutamente asumible puesto que el precedente del Quetzalcóatl tolteca es el Kukulcán del maya tardío.

En confirmación de lo anterior está el “astronauta” mismo, situado, no en el angosto asiento de una cápsula espacial, sino entre las fauces estilizadas y abiertas de des serpientes. Kukulcán se representa profusamente así, al igual que otras deidades, emergiendo de la boca abierta de una serpiente, como representación del eterno renacer, del dominio sobre la muerte, de la supervivencia del espíritu.

El “asiento” del personaje es también explícito simbólicamente: de izquierda a derecha, un caracol marino, representación de la fertilidad; un brote vegetal, expresión de lo que nace de la tierra, y un símbolo similar al del tanto por ciento (%), que en escritura maya sirve para representar la muerte; de él, por la derecha, nace una forma vegetal. Todo ello tiene una significación tan evidente en cuanto se refiere a muerte y renacimiento que no merece mayor comentado.

Por debajo de esos símbolos hay un rostro grotesco de boca desdentada. Unos lo identifican con el “mascarón solar” y otros con “el monstruo de la tierra”. Yo me inclino por esta última interpretación, no porque su simbolismo se ajuste mejor al conjunto de la losa, lo que también seria una razón, sino porque su tocado, la figura que tiene inmediatamente por encima de los ojos, es similar al tocado “Sol de Tierra’ que lleva el noveno dios de los Mundos Infernales (Bolontikú) en el glifo G- 9 de la estela E de Quiriguá, otra de las ciudades-santuario mayas de esa época, y que, con ligeras variantes, se identifica en otros relieves también con el Sol de Tierra, expresión ésta que alude al recorrido nocturno del Sol, desde que es ‘devorado” por el Monstruo de la Tierra al anochecer, hasta que renace al alba por Oriente. También en este caso el simbolismo es evidente: el viajero está asentado sobre representaciones de muerte y renacimiento, situadas a su vez encima del Monstruo de la Tierra, expresión del reino oscuro de la muerte: es alguien que nace después de la muerte, que, en postura casi fetal, abandona el reino de las sombras para un alumbramiento al mundo espiritual.

Venus y el ciclo de las almas


Hay que conocer la cosmología y teogonía mayas profundamente para adentrarse en el significado completo de la losa de Palenque, lo que ni siquiera está al alcance de los expertos. No sucede lo mismo con su significado global, accesible para los que estén familiarizados con el simbolismo y las estilizaciones artísticas de esa cultura; muchos de los glifos tienen interpretaciones diferentes según las diversas escuelas, pero no contradictorias. Lo que no resulta lícito es valorar lo representado en esa losa al margen de su contexto y de espaldas al conocimiento que actualmente se tiene sobre la cultura maya: si ese relieve representa un vehículo espacial, todo Chiapas y el Yucatán están llenos de representaciones de fragmentos de vehículos espaciales. Si el personaje es un cosmonauta, las ruinas mayas están repletas de colegas suyos.

Alguien dijo a Charroux que en la losa hay un par de glifos que identifican a Venus, de lo que “sagazmente” dedujo que el piloto de la nave se dirigía a ese planeta. Es obvio que Charroux no tenía la menor idea de la importancia que Venus tuvo en la religión de Mesoamérica, equiparable a la que alcanzó Sirio entre los antiguos egipcios: lo extraordinario sería que en una tumba maya no apareciera el símbolo de Venus, ligado como estaba a ese ciclo de vida-muerte-renacimiento fundamental para aquella cultura integradora que relacionaba su destino con el movimiento de las estrellas.

La revolución sinódica de Venus era calendariamente un complemento del año solar y del año mágico. El brillante planeta es estrella matutina durante 236 días, durante 90 es invisible, durante 250 días es estrella vespertina y a lo largo de 8 desaparece con el Sol al atardecer y aparece por el mismo punto del orto solar como estrella matutina. Hasta tal extremo era importante, que los mayas contaban ciclos de tiempo armonizando sus calendarios mágicos y solares con el de Venus, desde el ciclo corto, de 2.920 días, que comprende ocho años solares y 5 venusianos, hasta el más largo de los utilizados en las estelas, que armonizaba 3.744 años astronómicos con 2.340 revoluciones sinódicas de Venus, 5.256 años mágicos y 1.752 revoluciones sinódicas de Marte. En su afán de darle a todo acontecimiento una medida cronológica, hoy se piensa que los mayas identificaban el ciclo de Venus con el ciclo de las almas.

Respecto a las manos que manejan “delicadamente” los mandos de la nave, habría que censurar al escultor que labró la losa su inexcusable olvido en el momento de representar tales mandos. Injustificadamente se tiende a considerar que los bajorrelieves americanos responden a la misma rigidez e hieratismo que los egipcios, cuando, si con una expresión artística se puede comparar la de los mayas, no es la de Egipto o la de Mesopotamia, sino la de Oriente, al punto que gestos, actitudes y movimientos recuerdan sorprendentemente los de esculturas y relieves de la India. Las manos del “astronauta” son tan expresivas y dinámicas como las de otros muchos personajes mayas. Su ropa tampoco es la más adecuada para un piloto y sí idéntica en cuanto al ceñidor y faldellín a la de otras figuras retratadas en Palenque, como la que aparece en un panel oval del “palacio” y que debe corresponder a un sacerdote, no a un rey, puesto que está ofreciendo una corona a otro personaje de más alto rango sentado en un trono constituido por un jaguar de dos cabezas.

Los enigmas de una losa

Sumando detalles y dando a cada uno la interpretación más conveniente, se puede llegar a cualquier resultado. Recuerdo aquel simple juego gráfico de mi infancia en el que, colocando un cuatro debajo de un seis, se obtenía un perfil humano: “con un seis y un cuatro hago una cara que es tu retrato”. Bien está si no olvidamos que no es un dibujo de un perfil, sino un seis y un cuatro que, colocados en esa posición, recuerdan un perfil humano. La disposición de personaje y de todos los elementos que lo acompañan recuerdan la imagen convencional de alguien pilotando un vehículo que no es avión, porque carece de alas, ni carreta, porque no tiene ruedas, y que en su extremo inferior presenta una sede de líneas que parecen las llamas de una tobera, las plumas de una serpiente emplumada o las llamas del Infierno, pero que, en cualquier caso, habrán de identificarse como lo que son y no condicionando el noventa y nueve por ciento restante de lo contenido en la losa a esas supuestas llamas, que tal vez, tendrían el valor que algunos pretenden darle si todo lo que hay delante de ellas fuese realmente un vehículo, lo que, como hemos visto, no es ni por asomo. Aunque en las descripciones que he leído de la losa sus autores pasan por alto las hipotéticas llamas, si se atiende a la forma de las que están representadas completas (las dos de los lados), es lógico deducir que se trate de plumas, pues son similares a las que tiene en su tocado el “astronauta” y otros muchos personajes mayas, o las del Quetzal que aparece representado en el extremo superior de la cruz.

Queda un detalle, el del “aparato” para respirar que tiene junto a su nariz. Dudo que al artista maya encargado de representar algo que obviamente no entendía le hubiera llamado la atención un inhalador que, además, no está conectado a ingenio alguno, ni siquiera a la nariz de¡ piloto, a la que apenas toca. No es parte de un sistema, es un símbolo, cuyo significado desconozco, que tiene al lado, a su izquierda, otro igual, aunque más pequeño, y que con ligeras variantes se halla numerosas veces representado en la losa. Si fuese un inhalador habrá que convenir que llamó poderosamente la atención del escultor, pues llenó toda la lápida de inhaladores.

La clave no está en la tumba, sino en el cadáver

En fin, no es cuestión de opinar. Lo que de acuerdo a la simbología y al arte maya está representado en la célebre losa de Palenque se corresponde con la función que tal losa tenía, es decir, la de una tumba: un personaje, sin duda importante -incluso un hombre llegado de otro planeta; que en nada me opongo a visitas de este tipo en el pasado- emerge del inframundo, de la muerte, y nace a una vida espiritual. Dicho de otra forma, se plasma gráficamente la esperanza o el convencimiento, que eso no lo sé, de que el muerto se irá al Cielo; ni más ni menos, como en cualquier otra tumba.

Lo verdaderamente misterioso es la tumba en sí. Es obvio que la pirámide-templo de las Inscripciones se construyó después, encima de la tumba; entre otras razones porque la losa no cabe por el pasadizo escalonado que desciende desde el templo hasta la cámara funeraria. Lo que no se sabe es cuánto más antigua que la pirámide es; pero no resulta descabellado pensar que bastante, puesto que los seis esqueletos de los adolescentes sacrificados están mucho mejor conservados que el que había en el interior de la tumba, pese a encontrarse éste más protegido.

Tratándose de un personaje de excepcional importancia, puesto que su tumba es excepcional dentro del panorama funerario maya, lo lógico es que fuese alguien noble, un rey o un encumbrado sacerdote, y, por supuesto, miembro de esa raza, como está retratado en la losa. Sin embargo, aunque bastante destrozado, su cráneo no muestra huellas de deformación y sus dientes no están limados y carecen de incrustaciones, detalles éstos que obligan a pensar en alguien que no es de la nobleza. Si a ello unimos que no se encontraron cabellos en torno al cráneo (los mayas, incluidos los nobles, tenían abundante y cuidado cabello), y que la estatura estimada es de 1,73 metros (unos 20 centímetros más de la que debiera tener), estaremos obligados a admitir que nos encontramos ante un muerto bastante extraño.

Y un último detalle: según la traducción más aceptada de las inscripciones que figuran en el templo, el personaje allí enterrado fue un rey de Palenque llamado Pakal, que nació en el 603 y murió en el 683, a la avanzada edad de ochenta años. Si es así, tampoco el esqueleto enterrado bajo la losa encaja, porque el estudio anatómico forense que se hizo en su momento determina que tales restos corresponden a un hombre de cuarenta o cuarenta y cinco años. Así pues, la tumba del Templo de las Inscripciones de Palenque conserva un gran misterio, sólo que no está en la losa, sino debajo de ella.

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